Un acto ridículo y peligroso

Un supuesto grupo de dirigentes comunitarios de la zona sur de Santiago realizaron el pasado miércoles un acto profundamente rídiculo y preocupantemente peligroso. Este grupo de personas imbuídos de un sentimiento ultranacionalista y con tintes de xenofonia y racismo, cometieron la risible acción de quemar libros del escritor peruano-español Mario Vargas Llosa por las críticas que este intelectual ha realizado en contra de la injusta e inhumana decisión del Tribunal Constitucional.

Esa acción es ciertamente una gran ridiculez pero al mismo tiempo es preocupante, porque muestra la debilidad de los argumentos de quienes defienden la injusta decisión del Tribunal y puede propiciar una espiral de violencia en contra de quienes se oponen a la aplicación de la misma. En los debates de las ideas sólo quienes no tienen la razón acuden a opciones de fuerza o de violencia cuanto sienten que sus argumentos, aunque se impongan, son débiles, injustos e incorrectos.

Históricamente recuerdo tres casos en que un sector de irracionales cayó en el abusrdo de quemar libros o discos de escritores y artistas que expresaban opiniones contrarias a las suyas. El primero y más doloroso se dio con el movimiento ultranacionalista del dictador nazi Adolfo Hitler en Alemania en el mes de mayo de 1933. Hitler y sus huestes quemaron millones de libros de autores judíos y eso fue parte de esa agresiva campaña que culminó con los campos de concentración nazis donde fueron asesinados millones de judíos.

El segundo caso que recuerdo es el de dictador chileno  Augusto Pinochet, quien luego de propiciar un golpe de estado y provocar la muerte del presidente constitucional Salvador Allende, inició un cacería criminal en contra de los sectores progresistas de Chile, asesinando, apresando, maltratando y exiliando a millones de chilenos. Uno de los momentos que retratan la sinrazón de este régimen fue la quema de miles de libros de autores contrarios al golpe y partidarios de la libertad y la democracia en ese nación suramericana.

El tercer caso que recuerdo es el de nuestro gran artista Juan Luis Guerra. Cuando el autor de “Ojalá que llueva café” realizó el concierto junto con Silvio Rodríguez  para conmemorar los cien años del Manifiesto de Montecristi, la comunidad de cubanos radicales del exilio de Miami propició la quema de discos de Juan Luis y llamó a un bociot para la compra de sus producciones y de sus presentaciones. Como esa comunidad de irracionales no tenía razón, ese boicot fue un fracaso y Juan Luis recibió el apoyo de todos los sectores sensatos de Miami.

En esos tres casos, Hitler, Pinochet y el exilio cubano, la quema de libros o discos fue una nuestra de irracionalidad y de falta de argumentos. Fueron acciones que han sido condenadas por la historia y por la humanidad. Porque se pueden quemar los libros pero jamás se podrán quemar las ideas y mucho menos la razón. Ante esa lección histórica,  esos supuestos dirigentes comunitarios de Santiago deberían pedirle excusa a la nación dominicana y  al escritor Mario Vargas Llosa,  y dejar atrás sus actitudes antihumanas, injustas y anticristianas.

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